29 de septiembre de 2009

Lo esencial es invisible a los ojos



Lo pinté, lo toqué, escribí sobre su textura rugosa aún cuando no sabía hacerlo del todo bien; lo vi mil veces pero jamás comprendí su significado. Volvía a leerlo, un día tras otro, pero el intento de descifrarlo era en vano: aquella frase, formada por siete palabras, constituía, entonces, todo un enigma.


Recuerdo ver colgado, en el interior de mi armario, este pequeño póster desde que tenía uso de razón: quizás cinco años, tal vez seis. Siete, seguro: justo el mismo número de palabras que forman el mensaje de Saint-Exupéry, esto es: “lo esencial es invisible a los ojos”.



Pasaron los años, mientras yo seguía, de vez en cuando, poniéndome de puntillas para poder pintarlo de nuevo, tocarlo, y volver a garabatear, lo que consideraba, faltaba al conjunto: rellené de tinta bien oscura y sin piedad los huequecitos de la “o” y la “e”, plasmé mi nombre con envidiable seguridad (lo demuestra el firme subrayado) en letras bien grandes y copié a un señor que aparecía en él –entonces no sabía que se trataba de un príncipe y, mucho menos, de un gran príncipe-; no conforme con ello, dibujé de nuevo sus pestañas e hice que el árbol floreciese, además de que alguna estrella que otra aumentase su esplendor. Volvieron a pasar los años y probablemente, cuando ya no tuve que ponerme de puntillas (lo inalcanzable había dejado de serlo) lo guardé, A-Saber-Dónde.


Desde entonces, mantenía dos deudas, quizás conmigo misma, no lo sé: una, recodar qué había sido de aquél precioso e inspirador cartel que me acompañó desde mi infancia hasta mi adolescencia; y otra, leer, de una vez por todas, esa obra para niños en la que todo adulto debería enfrascarse, por lo menos, ciento veinte minutos y algunos segundos de su vida: “El principito”.


Así es como, por CAUsalidad, que no CASualidad, he resuelto dos grandes deudas –de esas algo tontas, pero que siempre tienes contigo misma, y al final terminan siendo las más importantes-. Y digo causalidad, porque es lo que pretendo decir: “El principito” y yo nos despedimos hace algunos días, después de dos tardes maravillosas juntos, en las que me hizo sonreír, reír, pensar, pensar mucho, pensar muchísimo. Y justo hoy (¡hoy! no cualquier otro día, sino hoy) descubro, como por arte de magia –por arte de causalidad- ese tesoro que tantos años había permanecido guardado, tal vez esperando, aguardando el momento.


Y ha pasado a convertirse en eso: un tesoro. De repente, me sentí liberada, entusiasmada, pletórica, eufórica, feliz. Imagínalo: encontrar algo con tantísimo valor e impregnado de tantas emociones, y que dabas por perdido, algo que estuvo en mis manos a los cinco años, a los siete, a los nueve. Algo que, inevitablemente, me unió y me une a mis padres, por tantas explicaciones que pedí sobre esa gran frase, por tantas veces que ellos se detuvieron a descifrármela, por tantas y tantas ocasiones en las que me recordaban que “lo esencial es invisible a los ojos”, por tantos y tantos momentos en los que practicaron el arte de la paciencia y el amor.


Casi diez años después he entendido que, efectivamente, lo esencial es infinitamente invisible a los ojos. He descubierto dos tesoros… y ha sido como un regalo. De hecho, uno de los mejores regalos de los últimos años (además de la llegada de esa persona especial que siempre esperamos pero terminamos creyendo, equivocadamente, que ha partido a algún otro planeta, quizás a alguno de esos que visitó El Principito). Sólo espero acordarme, dentro de algunos años, de colgar, tal y como hicieron mis padres, algún mensaje más o menos parecido, para las futuras princesitas… o principitos. Y saber poner en práctica ese arte de la paciencia y el amor, entre tantos otros. Porque lo esencial seguirá siendo invisible a los ojos. Y porque recibir un regalo así, te hace comprender mil cosas...

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“Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas. Se dice: “mi flor está allí, en alguna parte…”.


*

“Es verdad. Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el silencio…”

*

“Adiós –dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-Lo esencial es invisible a los ojos –repitió el principito, a fin de acordarse.”


*

“Y el principito agregó:

-Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

27 de septiembre de 2009

De la felicidad.

Hacía tiempo que una película no me robaba el corazón, la reflexión, las ganas de seguir el diálogo, de adentrarme en él. No es que sea una gran película (por ejemplo, no tiene una buena fotografía), pero transmite: es sencilla, pero hermosamente profunda. No es un éxito de taquillas, pero alimenta el alma. Me recuerda a las películas de cine independiente, ésas que tanto me atraen. He visionado dos veces “Happy, un cuento sobre la felicidad” para concederle la reflexión que merece. Camuflada bajo una extrema y cálida sencillez, como decía, se haya toda una filosofía de vivir, pensar y sentir.

Su protagonista, Poppy, interpretada por Sally Hawkins (Globo de Oro a la mejor actriz protagonista) es una treintañera, profesora de primaria en una escuela de Londres. ¿Qué más? Y qué menos, me pregunto. No lo sé. Es como si me interrogasen sobre la trama de “La elegancia del erizo”, de Muriel Barbery. Sólo podría decir que narra la exquisitez de las pequeñas cosas, sólo podría recomendarlo altamente, sólo podría esbozar una sonrisa por los buenos momentos que me hizo pasar, pero no podría decir nada más: las grandes obras siempre son inclasificables; en eso precisamente radica su magia, “su aquél”.

Simplemente, y lejos de establecer paralelismos, hay momentos de “este cuento sobre la felicidad” que me invitaron a recordar Pequeña Miss Sunshine” o “La vida es bella”. Lo sé, nada que ver la una con la otra, pero voy más allá: la complicidad del diálogo, las miradas de los personajes, las palabras en los silencios, las interrogaciones fortuitas… Todo ese embrollo inclasificable pero encantador lo suelo proteger, del resto de términos, bajo el paraguas de la complicidad, será porque me gusta: es tan intangible…


Volviendo a Poppy, que me evado: se lo pasa bien, sonríe; es amable, educada, liberal, auténtica, se divierte consigo misma, pero también con los demás. Pero, ante todo, su felicidad, tema angular del film, emana de su interior. Sólo alguien como Poppy añadiría en alto, al ver que le han robado su preciada bicicleta, con gesto de asombro y sonrisa despreocupada: “¡Me la han chorizado! Qué palo… ni siquiera he podido despedirme de ella”. Su alegría, contagiosa y atractiva, no es perturbable, ni siquiera por el librero o el profesor de autoescuela, dos personajes en los que Mike Leigh, director de la película, esboza una crítica a la sociedad actual. El uno (el librero), malhumorado, centrado en sí mismo y sin tiempo para sonreír; el otro, ¡qué podría decirse del otro…! Hasta la propia Poppy le advierte un día: “No es fácil ser como tú”. Se trata de un profesor de autoescuela que representa, como apuntaba con anterioridad, una parte de nuestra sociedad actual: simboliza la seriedad, el control, la opresión, la represión, lo correcto, las normas, la agonía, la autoridad, el que advierte, pero nunca puede ni sabe advertirse a sí mismo; para quien los problemas de los demás nunca importan, para quien todas las bromas son idiotas. Es arisco, grosero, neurótico, desquiciado y odia el contacto físico. Razón tenía y tiene Poppy: no debe ser fácil ser como él.

Otro personaje en el que el director sitúa una crítica a la sociedad: la hermana de Poppy. Joven, casada, viviendo en una casa espectacular y esperando un bebé, pero estirada, repelente e insoportable. No va con ella saltarse una norma, decir algo que no se deba decir o cuando no deba decirse, jugar cuando no deba jugarse; todo "en su momento y a su debido tiempo". Es aburrida hasta la saciedad. ¿Su frase comodín? :“Tienes que hacer planes”.

Un ejemplo de conversación entre ellas:

Su hermana: ¿Nunca piensas ser propietaria de nada?

Poppy: [risas] ¡Antes déjame ser dueña de mi vida!

Su hermana: Has de tener una hipoteca, tendrás que invertir tus ahorros.

Poppy: Yo guardo los míos debajo del colchón.

Su hermana: ¿Y ya tendrás un plan de pensiones?

Poppy: ¿Tú estás de coña? ¡¿Tienes plan de pensiones?!

Su hermana: Tenemos uno cada uno.

Poppy: ¿Y dónde tenéis la dentadura postiza? [entre risas]

Su hermana: Debes tomarte la vida en serio, Poppy. No puedes salir cada noche a emborracharte, por muy divertido que sea […]. Has de ser más responsable. Sólo quiero que seas feliz, eso es todo.

Poppy: Pero… ¡si soy feliz!

Su hermana: A mí no me lo parece.

Poppy: Pues lo soy. Me encanta mi vida […]. Tengo trabajo, alumnos geniales, un piso precioso, una musa en casa, amigos alucinantes… ¡Me encanta mi libertad! Soy una
mujer muy afortunada y lo sé…

Su hermana: “NO ME LO RESTRIEGUES POR LAS NARICES”.


... Pero “Happy, un cuento sobre la felicidad”, cuenta con más escenas memorables: bien por el humor que desprenden y las sonrisas y risas que evocan (como las que se suceden mientras Poppy acude a las clases de flamenco o la conversación entre ella y Tim, tomando una copa antes de pasar la noche juntos, charlando sobre “ojos” –ésta en particular, aúna humor y ternura-), bien por la profundidad o bien, por la excepcionalidad de las mismas.

Precisamente, profundidad y excepcionalidad definen la última escena del film, y que ha pasado, por cierto, a ser una de mis preferidas de la historia del cine. No sólo por el diálogo, sino por la belleza del conjunto. Difícil explicarla –son de esas cosas que o ves, o sientes por ti mismo-, pero es, más o menos, así:

[Mientras la protagonista y su amiga reman en una barca, se sucede la siguiente conversación…]

Su amiga: Creo que debería dejar de fumar.

Poppy: Pues no es mala idea. Y yo, ¿qué podría dejar?

Su amiga: Podrías dejar de ser tan buena. En serio, no puedes tener a contento a todo el mundo.

Poppy: Por probar, tampoco se pierde nada, ¿no? Y aporto mi granito de arena […]. ¿Sabes qué? Somos afortunadas…

Su amiga: Bueno, uno se busca su propia suerte en la vida.

Poppy: Es posible que sí, pero a veces se nos escapa el tren.

Su amiga: Sí, ¡hay que ver lo que cuesta ser adulto!

Poppy: Desde luego. Es un largo viaje...

[Mientras tanto, siguen remando]

Su amiga: Ya me dirás cuando lleguemos.

Poppy: No te preocupes, ya te lo diré.

[Ellas comienzan a alejarse lentamente, en el plano]

Poppy: Tú sigue remando, y yo sonriendo.

Su amiga: ¿Ya hemos llegado?

Poppy: [risas] Todavía nos falta la tira…

[Silencio]

Poppy: Oye, le hemos pillado el truco, se nos da bien…

23 de abril de 2009

Blanquecino infierno

Leer primero el libro, visionar después la película. Ver primero ésta, y atender con posterioridad a la lectura sobre papel de las imágenes. El eterno dilema: qué fue después, qué debió ser primero: ¿el libro o la película? Para los amantes de las letras, donde me incluyo, jamás será tan buena una película como para superar la grandiosidad de un texto y las posibilidades y libertades que otorga: las letras siempre ponderarán sobre las imágenes. Son maestras, guías en las lagunas de la imaginación, empujes hacia mundos a los que sólo el lector pone límites o fronteras; las letras son lluvia fresca en el desierto abrasador, porque son todo lo que nunca existió, lo imposible, lo creado y lo que aún está por crear, incluso por imaginar.

De ahí que la experiencia entre la lectura de Ensayo sobre la Ceguera, escrita por José Saramago, y el visionado de la película A ciegas, inspirada en su obra, no tengan punto alguno de conexión. La una es creer que estás ciego, la otra es reafirmarte en la idea antes citada: cercar el poder de la palabra entre un comienzo y un fin escénicos, y pretender que el resultado sea equiparable a lo descrito entre líneas, resulta tan sumamente irrisorio que debe doler el pensamiento.



Recuerdo que hace años, cuando uní portada y contraportada de Ensayo sobre la Ceguera, y sólo entonces, pude permitir a mis párpados descansar. Deseé que al abrirlos todo hubiese sido un sueño y que la quimera, entendida en sentido literal, fuese sólo eso: una ilusión, algo irreal. Por fortuna lo fue. Sentía miedo, incertidumbre, y más que nunca me aferré a uno de esos cinco sentidos que están ahí, pensamos, por obligación (uno de esos que tiempo atrás Süskind me había permitido descubrir magistralmente con El perfume, otra de esas grandes obras donde la película nunca fue el libro, aunque llegó a acercarse). Craso error, por cierto, el de considerar permanentes todos nuestros sentidos y no aprovecharlos en toda su magnitud -pienso, y a veces intuyo-. Volviendo a lo que estaba: más que en cualquier otro instante abrí los ojos, bien abiertos, y quise ver todo lo que hasta ahora había pasado desapercibido; quise apoderarme del valor de las cosas y por qué no, del de las personas; de cuanto efímero tiene la belleza y el tiempo que la hace aún más bella. La de Ensayo sobre la ceguera fue una lectura intensa, sobre todo, no por el sólo hecho de sentir que puedes perder uno de los seis sentidos (¿por qué no añadir a la lista el común?), sino por comprobar, como el propio autor auguraba, que tal vez “sólo en un mundo de ciegos sean las cosas lo que realmente son”. Es posible. Y sólo quien haya leído el libro puede entender esta última frase. Hay cosas que o se leen o se viven: explicarlas es inútil y nada aconsejable, pues entiendo que esas cosas han de leerse y vivirse por uno mismo.

Lo cierto que es nunca el mal de la ceguera dio para tanto como en el libro de Saramago: para tantas frases encadenadas cuyos eslabones narran la historia de una ciudad que se torna caótica por la paulatina y fugaz ceguera de todos sus habitantes. Me aventuro a pensar que el mal blanco era, a fin de cuentas, un mal de moral y ética. Una especie de puesta en orden, de paréntesis, que pretendía instaurar un nuevo orden, cuyos pilares eran los sentimientos puros y que enterraba de una vez por todas, o eso pretendía, la falsedad, el materialismo y tantos otros males que acechan profundamente a la sociedad actual. Un mal para curar otro mal.

Los diálogos atropellados de los personajes, entre gritos, matanzas, lágrimas y miedos, muestran, con delicada paciencia y lentitud en la trama, la evolución de esa moral pretendida: los protagonistas comienzan a percatarse de la importancia de escucharse unos a otros o de permanecer unidos. Incluso nace una nueva forma de comprensión del otro: lo que antes podía significar la mayor de las atrocidades nunca dirigida a una persona (pasar del lecho de tu propia mujer al de una prostituta, sabiendo que es precisamente ella, tu mujer, la única que conserva la vista en un mundo de ciegos) ahora se vuelve superfluo y carente de importancia. Cambian los pareceres y la propia visión de la vida; en definitiva, se hacen más humanos. El perdón se abre paso entre lo inmundo. El ser humano se redescubre como tal, y despojándose de todo lo innecesario, se muestra provisto tan sólo de emociones, sentimientos y sobre todo, instintos.


“Otros se deshacían de sus posesiones con una especie de indiferencia, como si pensasen que, bien vistas las cosas, no hay nada en el mundo que, en sentido absoluto, nos pertenezca, verdad ésta no menos transparente”. José Saramago, Ensayo sobre la ceguera.

20 de abril de 2009


Es uno de esos artículos que por interesantes, por constructivos, siempre guardas; porque aprendes de lo que cuentan, de cómo lo cuentan y de quién lo cuenta, como “El Guerrero Zen”, una entrevista realizada a Rafael Nadal rescatada de la revista Vanity Fair, hace ya algunos meses.

“Alguien se convierte en el mejor a condición de no desearlo, no al menos con la obcecación y por tanto la ceguera que provoca el deseo absoluto con sus tensiones irrevocables, sus parálisis, torpezas y errores”. Ésta, y no otra, es la filosofía que según Alejandro Gándara, autor de la entrevista, desprende Rafael Nadal (Manacor, 1986). Y no es de extrañar, a mí también me lo parece: una filosofía serena, centrada, con un objetivo concreto pero sin dejar que su objetivo pueda más que su fuerza, sin dejar que aquél le atrape, siendo el objetivo el camino, y el camino, parte del objetivo. No sé si su profesionalidad forma parte de su tenacidad y esfuerzo, o sucede al revés; lo cierto es hay muy pocos que le igualen: elegante en el juego, astuto y con determinación.

Continúa Alejandro Gándara, refiriéndose a Rafael Nadal: “[…] el alma de los antiguos samuráis no era muy diferente: durante el combate no se pensaba en la vida o en la muerte que podían sobrevenir, sino en la perfección del movimiento. El respeto por uno mismo y la forja del carácter no dependían de la derrota del adversario, sino de la calidad de los actos propios”. Entiendo, al verle jugar sobre la pista, que en la mente del mallorquín debe prevalecer algo parecido a lo anterior: no pensar ni en el antes ni el después, sino en el ahora, en el juego, en el campo bajo sus pies; ninguna otra concentración que no sea la de la perfección absoluta del movimiento; respeto por uno mismo, demostrado en cada superación y logro de un nuevo reto, basado en la calidad -grandioso término- de los actos propios. Que el éxito de tus logros no dependa de la superación del otro, sino de ti mismo.

“Para Nadal, cada bola, ni siquiera cada punto, es el fin del mundo, porque el mundo comienza a cada instante, en cada raquetazo, y ésa es la razón de que se recupere con tan pasmosa facilidad de las adversidades, de los aciertos de su rival, de sus fallos no provocados”. Y así lo demostró ayer – donde consiguió su quinto Masters de Montecarlo tras vencer a Novak Djokovic-, pegando con la totalidad del espíritu, no reservando nada, como si cada golpe fuese el último, el final del partido; pero sorprendiendo al espectador, y al rival, con la misma fuerza y furia en el siguiente golpe, como si el anterior no hubiese sucedido, como si el porvenir en el juego no existiese, como si sólo existiesen golpes aislados y sólo jugase por y para ellos.

“Frío en el pensamiento y calor en la acción, es decir, una pasión fría o una frialdad apasionada que se adueña poco a poco de la cancha y el partido”.

Ya se lo hacía saber ayer el propio Novak Djokovic, después de claudicar tras dos horas y cuarenta y tres minutos de intercambio de golpes: “Rafa, eres increíble”.

Lo sabemos.

10 de diciembre de 2008

Hacer planes desde arriba


Si se le pregunta al arquitecto Josep Bohigas (Barcelona, 1967) por una buena idea, puede contestar y ha contestado: “hacer planes desde arriba. Se trata de detectar los puntos más altos de cualquier ciudad a la que vayas, en cualquier circunstancia (día, noche, lluvia, de vacaciones). Con o sin permiso, asumir que ese espacio también es tuyo, usarlo con naturalidad, como una extensión de tu propia casa. Desde ahí (cubierta, terraza, teleférico), haz planes con relación a la ciudad que tienes a tus pies y busca las pistas de tus siguientes pasos cuando bajes. Un ejemplo es el Rainbow Room, planta sesenta y tantas, del Rockefeller Center”.

Las ciudades más bellas son, con toda seguridad, las que gozan de un conjunto arquitectónico armonioso y elegante, en relación tanto a las edificaciones más lejanas en el tiempo como las más cercanas. Cuando la distribución del espacio y entre los espacios fluye, parece fluir también el resto, incluso nuestra propia presencia e interacción con lo que nos rodea. El espacio cobra entonces sentido y de alguna manera, nos condiciona emocionalmente. Supongo que de ahí emana la sensación de que algunas ciudades nos atrapen más que otras, nos inviten a quedarnos o prácticamente nos obliguen a partir. Inconscientemente necesitamos buscar esa interacción con la arquitectura que muestra cada ciudad. Esa necesidad de hacer un plan desde arriba. Y buscar las pistas de los siguientes pasos al bajar.

La idea de Josep Bohigas me hizo pensar, reafirmarme en el pensamiento, tras la sucesión de muchos otros previos -claro está-, de que la arquitectura es siempre una prolongación de la propia personalidad, una extensión del creador, del que la ideó en sí mismo como proyecto antes de darle a luz a través de unos trazos. La obra nunca escapa al arquitecto porque es una parte suya, una instantánea propia alzada en el espacio, la edificación de su forma de ver y sentir. De ahí que tras una construcción visualmente atractiva se encuentre siempre una personalidad interesante: además de un arte, la arquitectura es, en gran medida, una ciencia intelectual. Un ejemplo: Antoni Gaudí. Idóneo si se trata de comprobar esta similitud, el paralelismo entre arquitecto y obra arquitectónica. Gran capacidad creativa y fuerte intuición. Un cóctel que le permitió erigir un sello personal, una obra inclasificable en un estilo en concreto. Creó. Y qué más importante que esto.

Muchas veces me he detenido delante de grandes espacios construidos, o quizás de una única edificación, cayendo en la cuenta de que cuando la naturaleza de los materiales les permite a éstos interaccionar en una apariencia perfecta, cuando lo visual proporciona placer al espíritu, cuando además de responder a una necesidad concreta, la edificación otorga categoría y originalidad, cuando existe un juego inocente pero a la vez pasional entre el creador y su obra, cuando existe orden, teoría, armonía y sobre todo proporción, hay arquitectura. Observando esas construcciones, además, desde la misma idea desde la que trabajaba Gaudí: sabiendo que la arquitectura es siempre “la ordenación de la luz”. Qué gran teoría; ordenar la luz. Nada más y nada menos. Aunque, en la misma línea, la concepción de Gilles Ivain es del todo acertada: "la arquitectura es la forma más sencilla de articular el tiempo y el espacio, de modular la realidad, de hacer soñar. No sólo es una articulación y una modulación plásticas, que son la expresión de una belleza pasajera, sino también una modulación influencial, que se inscribe en la curva eterna de los deseos humanos y de los progresos en la materialización de dichos deseos".

Porque la arquitectura, para poder existir, necesita ser percibida. Contemplada, y no sólo visualizada.

7 de octubre de 2008


Se mantenía en pie asténica, con la incertidumbre y el dolor de quien se mantiene en pie desbancado y fuera de juego, en jaque mate, porque aquello que lleva en sí, tras de sí, no puede, ella cree, lamentarse ni evitarse. Como quien adolece una enfermedad incurable.

La tenía justo delante de mí, pero no me había percatado de su presencia, hasta que sus movimientos involuntarios, rápidos, inquietos, reclamaron mi atención. Eso, y un cierto halo de inseguridad y miedo que desprendía. Se encontraba incómoda en su papel, en su ropa, en aquél lugar y junto a aquella persona. Quizás alcé la vista porque algo en mí la adivinaba y presentía intranquila, aún sin mirarla.

En su ojo izquierdo, que permanecía casi cerrado debido a la hinchazón, la huella imborrable de un golpe. Un amplio cerco en tonos malvas que cubría por entero su párpado. Un derrame considerable teñía de un rojo intenso y demoledor su mirada; no así su alma, que más que cubierta, debía estar encharcada de odio.

Sostenía una cartera, con el temblor en sus manos y la prisa por escapar en su cuerpo, a la espera de que la cajera le comunicase el importe total de aquellas cinco pesadas bolsas con las que probablemente tendría que cargar hasta casa, porque su cobarde no lo haría por ella ni le propondría compartirlas.

En su tobillo, un corazón tatuado. Desgastado. Herido y de mal aspecto. Como superviviente de una guerra sin cuartel. Tal vez ya no era el corazón que una vez, hace años, dejó que esbozaran en su piel, con los ojos vidriosos de felicidad y creyendo en el amor verdadero. O no creyendo que pudiese existir alguna otra cara –suya, de su cobarde, o del afecto en sí- que no fuese la que en ese momento contemplaba.

Hubo un cruce de miradas. Entre ella y yo, entre su cobarde y yo, entre ellos. Tuve que disimular todo cuanto supe para que aquella ira que me explotaba por dentro ante la imagen de un ser tan despreciable no saliese a la luz. Despreciable por sonreír como si no pasara nada, tan irónicamente, cuando hace sólo algunos días que su mano cayó violentamente sobre ella. Despreciable por creerse superior, con derecho, capaz. Maldije para mis adentros a todos esos cobardes, llena, inundada de impotencia. Y pensé que ojalá se hubiera quedado tatuada, pero no en ella, sino en él; no en su tobillo, sino en el puño de este ser vil e infame; y no un corazón, sino algunas letras, que sentenciaran “yo pego a mi mujer”. Y que a cada momento de cada día del resto de su vida le doliese intensamente ese tatuaje, le supurase, le ardiese y le quemase, igual que a ella le iba a doler y a quemar su alma.

Y cuando ella se giró para pedirme perdón por la espera y la tardanza en colocar la compra, sólo pude sonreírle de la forma más compasiva que encontré a la vez que le restaba importancia: “No te preocupes”.

No te preocupes, no.

Y como si hubiese leído mi pensamiento, volvió a girarse y por un momento me asusté y quedé expectante. Pero lo que vino después selló cualquier duda incipiente o no: otra sonrisa por su parte, borracha de temor. La sonrisa... y ella.

25 de julio de 2008

Seda y azabache

Lo reconozco: ingenuamente, muy ingenuamente, me enfadé muchísimo cuando supe que no había ganado aquél concurso literario de epístolas amorosas, y más después de haber visto el relato ganador. Pero aquí está, una perlita de los inicios. Me enterneció la sola idea de colgarlo aquí, sin retocarlo siquiera, tan fresco como la tarde o la noche en que lo escribí, hace ya algunos años. Bastantes. Y qué curioso, comprobar que hay adjetivos que aunque el tiempo pase o pase el tiempo, siguen ahí, gustándote y siendo capaces de acariciar cualquier fragmento. Será que ya los siento míos. Será que desde entonces, los siento míos. Será.


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Era verano. Pero en su corazón corrían tiempos de invierno. Quiso contener aquella lágrima, pero pudo más el profundo dolor acumulado. Recordó, no sin nostalgia, el último día que durmió a su lado, el último día que le amó, el último que hicieron el amor. Todo había transcurrido tan velozmente como aquellas cosas que desaparecen porque sí y que uno tenía la inocente certeza de que nunca marcharían. Un adiós sin ser adiós, una ausencia, una brisa sin acantilado, unos momentos translúcidos, oníricos. Un comenzar a creer a medias.

Y ahora me susurras que no te quiera, cuando has pasado tantos y tantos años abrigándote bajo mi piel canela, mis manos de seda y mi cabello largo y azabache, como hace tiempo que no lo llamas, que contrastaba con tus delicados rasgos: cerúleos e infinitos. Ahora, cuando yo me había acostumbrado también a dormir entre tu piel, a despertar suavemente en ella, sin otro horizonte que el reflejo de tu tibia y mística mirada, esa mirada tuya, la misma de la que me enamoré; interrogante; envuelta en el olor inconfundible y extraño de tu ser, sereno y apacible como el ocaso; y de fondo, la melodía de tu eco, de un te quiero sin prisas. Ahora es el temido ahora, cuando todo se acaba, cuando ya no correrás a mis brazos, para acoplarte a mi cuerpo con insondable y tímida delicadeza, a la espera de que deslice mis dedos por tu cabello, para que te calme mientras beso tus párpados o sigo el contorno de tu torso, para darnos el inmenso placer de encontrarnos en nosotros mismos, una y otra vez, ansiadamente, con esa pasión descontrolada que llamábamos nuestra, tan sumamente nuestra, mientras arriba, en lo alto, un manto de estrellas color ocre y oro nos protegían.

Será que la juventud nos ha abandonado, que ya no somos los que éramos. Eso es lo que me repetía cada vez que nuestras almas se encontraban… etéreamente, entre sábanas. Ya no te quedabas como antes, en silencio, vislumbrando los detalles de mi cuerpo desnudo –tu religión, decías-, todos los rincones que aprendías de memoria y volvías a olvidar, como un niño, para volver al juego de surcarlos de nuevo, mientras yo hacía que dormía y saboreaba la dulzura de tu imperecedera e inmortal sensualidad.

Espero que no te sobren estas palabras encadenadas, que no lances esta carta a cualquier rincón inesperado y rehúses leerla, quedándose así, sola en el olvido, como las hojas temerosas que caen en otoño, sin otro destino: sólo caer y esperar a la nada. No sé si será que en estos tiempos difíciles me cuesta aceptar la realidad, quizás a todos un poco, pero no quiero enfrentarme a qué era tuyo y qué mío. No quiero saber de folios amontonados en una oficina de paredes frías a la espera de ser resueltos, de juzgados, de disputas. Quédate lo que necesites. Yo, sin rencores, solicito que no olvides jamás aquellos tiempos, en los que sí éramos tú y yo. En los que podíamos conversar en cualquier ocasión, sin pretexto alguno, para luego acabar amándonos hasta el amanecer siguiente. También me gustaría que recordases para siempre, vayas a donde vayas, aquella noche mágica en la que concebimos, sin poder ni querer dormir, con una ternura febril y sencilla, a nuestra hija, siendo conscientes del milagro que se avecinaba.

Procura recordar cuando ella nació; tus lágrimas, que brotaban sin cesar, tus ojos alegres –y de nuevo esa mirada tuya, qué mirada-, diciendo todo sin decir nada, confesándome que eras el hombre más dichoso del mundo, y que siempre lucharías por nosotras. Prométeme que no la olvidarás jamás.

Ahora procura no mirarme tan fijamente cuando volvamos a encontrarnos, porque corro el riesgo de enamorarme aún más de ti y luego no saber volver a esta realidad, sin tu cuerpo que me dirija, que me guíe en el camino de vuelta.

Deja que despierte poco a poco, para hacerme a la idea de que te has ido para siempre. Deja que me reencuentre conmigo misma, y luego con las fronteras de este amor que quedó entre sollozos. Deja que vuelva a mirar una y otra vez estas manos de seda y me cerciore de que ya no te pertenecen. Déjame que regrese a este mundo, lentamente, como las olas se reúnen con la orilla que una vez, hace siglos, fue suya. Permíteme que me despoje de estas locas ganas de ti, aún con esas pequeñas arrugas que surcan tu rostro, que tan de memoria me las sé, que tanto las he amado, podría dibujártelas una y otra vez. Aún sin esta juventud, que contemplabas eterna. Y perdóname si de vez en cuando regreso a nuestras noches, para volver a hacerlas nuestras, tan nuestras; si me estremezco al recordar tus caricias sobre mi espalda, o si me recreo en un cielo estrellado ocre y oro, tan distante como irreal.

Perdóname si imagino que soy yo, y no ella, la que despierta en tu piel. Perdóname si lo único que deseo, incluso ahora, es tu presencia y tu abrazo protector. Perdóname si me sobran las razones para quererte…una hija, miles de promesas y un sueño: tú. Porque amar demasiado nunca fue malo; fue malo amar muy poco… no amar hasta morir.

Gracias por haberme enseñado que no existe el momento perfecto para nada; que el mejor es cuando tú así lo sientes. Que nunca resultan las cosas más fáciles. Y que los sueños, sueños son.

Por siempre seda y azabache,

Tu mujer.

20 de junio de 2008

De márgenes y esbozos


Esta vez danzaba sigilosamente entre estantes repletos con propuestas sugerentes, títulos llamativos y portadas prometedoras. Pero por causalidad, que no casualidad, o sincronismo (prefiero pensar que una combinación de ambas con más dosis de la segunda) algo me lleva, me empuja y casi me obliga a agacharme, arrodillarme ante y frente a una hilera de libros perfecta y alfabéticamente colocados por los dependientes de la librería y descolocados, a veces meticulosamente y otras sin querer, por todos nosotros.

Sabía el libro que buscaba, incluso antes de entrar en esa librería. Incluso antes de subir en Metro. Incluso antes de salir de casa. Incluso la noche anterior. Lo sabía perfectamente, aunque no me sirvió de nada. Él se aprovechó de mí debilidad literaria y mis creencias en el sincronismo y la no casualidad sino causalidad y allí se me presentó, dispuesto a hacerme cambiar de opinión y a hacer que me llevase un ejemplar del que ni siquiera conocía su existencia.

Decidido y sabedor de su potencial; aunque algo arrogante, eso sí. No se mostró esquivo ni reticente, y el momento de altivez descendió, por lo que se ganó mi confianza: logró que, tras haber dudado un momento, me convenciese de que, efectivamente, debía pasar por caja con él bajo el brazo. Era raro a rabiar y no me gustaba en absoluto su aspecto. Y es que menuda elección: sabe que soy fiel al blanco, que para mí es el color por excelencia (el color de la luz, de la pureza, de las flores de azahar y del jazmín, el color de la paz, el símbolo de lo absoluto, de lo infinito…) ¿y se me presenta con contraportada en negro?

En fin –y sin fin-, me conquistó en un primer contacto y ahora espero que me cautive en su lectura, que desde luego será, sin lugar a dudas, apasionada y entregada. Ésta es otra de las cosas que suelo intuir antes de comenzar a devorar un libro. Para saberlo, me basta con tenerlo entre mis manos un minuto, quizá dos, girarlo, comparar portada y contraportada, ojearlo más que hojearlo, acariciar mínimamente sus páginas y algo en mí me dice si habrá química o no. Es siempre el mismo ritual inequívoco, exacto, cauteloso pero tremendamente revelador.

El ejemplar en cuestión es “El libro de los márgenes III”. Además de saber que iba a haber química, también intuí que escondía algo que me haría tratarlo con respeto; con muchísimo respeto. Luego, días más tarde, supe que constituía – y constituye- un borrador, porque su autor, Edmond Jabés, no tuvo tiempo de terminarlo. También supe que con el mismo respeto me dirigiría a él, desde estos mismos párrafos pero en entradas posteriores, para contarle mi parecer sobre sus excepcionales frases tan magistralmente unidas en este compendio de hojas. O, mejor dicho, esbozadas.

23 de mayo de 2008

Eco bolsa


Larga y extensa cola para pagar en una gran librería. Por fortuna, yo era la segunda. Delante de mí, un chico alto y de estilo bohemio, se apresura a contestar a la dependienta:

-No, gracias. No me dé bolsa: así ahorramos plástico.

Ella se quedó extrañadísima, pero yo tuve que contener una alegría desbordante al comprobar que, aunque pocos, los hay quienes están concienciados de que Tierra, sólo tenemos una.

Últimamente proliferan las alternativas a las bolsas de plástico, pero me temo que se trata mas bien de una moda que de una realidad que se perpetúe en el tiempo. Son numerosos los diseñadores que se han apuntado a la eco bolsa, después de que Anya Hindmarch lanzara la que se ha convertido en la bolsa más chic de los últimos meses: “I´m not a plastic bag” (no soy una bolsa de plástico). Este bolso, concebido en un principio para sustituir a las nocivas bolsas de plástico que nos proporcionan en el supermercado, pero que con el tiempo se ha convertido en un accesorio más para vestir de día (algunas se atreven a llevarlo de noche), ha batido récord de ventas: en Londres, el original se encuentra agotado y hoy por hoy sólo es posible adquirirlo en Ebay. Cuando antes decía que se trata mas bien de una moda que de una costumbre positiva y que se extienda en el tiempo, me refería justo a esto: confío en que las chicas que lleven este bolso lo hagan no sólo porque es lo más chic del momento, sino porque además (y no de paso) pretendan luchar a favor de una buena causa.

Sé que puede pensarse: “bueno, no es tan tremendo. Al fin y al cabo, una bolsa es una bolsa”. Y ahí radica el problema. Hemos interiorizado que carecen de valor alguno porque son gratuitas y como no hemos de pagar por ellas (excepto en supermercados “Dia”, o IKEA), aceptamos todas las que, amablemente, nos cede la cajera de una gran superficie, sin pensar que esa misma superficie, al cabo de un mes, habrá regalado unos setenta millones a otros clientes.

Obviamente, no apuesto por intentar encajar toda la compra del mes en tres bolsas, pero sí protesto por su uso abusivo e injustificado. Por ejemplo, podríamos rellenar bien los espacios para coger las menos posibles o no meter en bolsas varias productos que, en realidad, no la necesitan (como las garrafas de agua mineral, los detergentes o los sacos de comida para nuestra mascota), o no utilizarlas para llevar, a su vez, otra bolsa dentro.

En Sudáfrica estaban tan integradas en el paisaje que el ministro de Turismo y Ambiente las apodó “flor nacional”. Toda bolsa de plástico deriva del petróleo (que no es precisamente biodegradable), por lo que son altamente tóxicas, tanto cuando las fabrican como cuando las incineran. Eso se traduce en problemas de salud por la emisión de gases tóxicos. Es un daño terrible para todo el ecosistema, incluida la fauna, sobre todo la marina: solemos reciclar una de cada diez bolsas, y el resto van a los vertederos, pero al ser tan ligeras terminan sobrevolando los cielos del mar o el campo, donde muchos animales las confunden con alimentos.

En España, el PSOE recogió una Ley en su programa electoral que establecerá la eliminación de las bolsas de plástico no biodegradables para el 2010. Cruzo los dedos para que así sea. Mientras tanto, la concienciación general, primero, y la colaboración individual, después, serán fundamentales para tratar un poco mejor a la madre Tierra. La calidad de nuestra vida depende de nuestro entorno (el aire que respiramos, el agua que bebemos, los alimentos que ingerimos). Mimémoslo, pues.

18 de mayo de 2008

Mystic India


No sin la expectación que se apodera de cuerpo y mente ante lo desconocido y algo de nerviosismo, me acomodé en la butaca (que invitaba a hacerlo, por cierto). Y también con algo de vértigo. No sólo porque la pantalla tuviese una altura de un edificio de seis pisos, sino más bien porque asistir a un documental sobre la India en una sala de cine de tales dimensiones y características, impone. Sabía que las imágenes iban a ser más que penetrantes, el sonido mucho más que envolvente y que la sensación sobrepasaría el límite de lo indescriptible. Sabía todo lo anterior. Pero suele pasar que las cosas te sobreponen. Deliciosa y afortunadamente.


Alguien dijo una vez que la India es el país donde las cosas extraordinarias parecen comunes. Y sin haber estado, pero deseando profundamente estar, le creo. La India, la ciudad con más templos, monumentos y palacios del mundo, se adivina fácil e intuitivamente como un apasionante recorrido y una experiencia única; un viaje físico fortalecido por un viaje interior. Un vasto territorio repleto de contrastes y maravillas: los áridos desiertos, las selvas densas y tropicales, el Aarthi (la ceremonia de las luces), el Taj Mahjal (considerado como el monumento arquitectónico más perfecto y del que según dijo algún otro sabio, el mundo podía dividirse en dos: los que habían vislumbrado esta impresionante y bella construcción y los que no), el Himalaya (en sánscrito, “El hogar de las nieves”), el sagrado río Ganges… Intuyo que sería preciso más de dos meses para poder visitarla completamente, puesto que es un país de dimensiones abismales: tanto como el continente europeo. Y al visitar un país del tamaño de Europa tienes dos opciones: o vas una semana y no ves nada, o inviertes dos meses y regresas sabedora no de la totalidad de costumbres, cultura, monumentos, tradiciones y paisajes, pero sí de una parte considerable. Prefiero la segunda opción (no es incompatible con seguir soñando).

Inspirando, iluminando y guiando a sus visitantes. Más allá del mundo material, junto a las verdades más importantes de la vida, se encuentra la India, una región infinita donde millones de personas tan heterogéneas entre sí conviven compartiendo el mismo cielo y respirando el mismo aire. Esa es la esencia de la India Misteriosa.

8 de mayo de 2008

Lo sé



Lo sé. Y ella también lo sabe. Incluso sabe que yo lo sé. Es algo recíproco: no nos llevamos bien; hay alguna razón por la que no terminamos de congeniar. Sí, tú, inspiración. ¿De qué te extrañas? Te muestras ausente cuando más te necesito y acudes a mí en repetidas veces a las tantas de la madrugada, despertándome con versos, con ideas intangibles, porque también sabes que no voy a encender la luz y apuntarlas para que no se me escapen; o mientras viajo en transporte público y descubro que en los ojos de alguien se encontraba la historia que estaba pensando escribir desde hace meses, pero justo ese día no tengo ni siquiera un trocito de papel con algún extremo en blanco, sólo el plano de Metro, que es tan resbaladizo para poder confiarle algunas letras como la propia volatilidad de las mismas. Entonces permaneces orgullosa, poderosa, porque te engrandece saber que no escribo si no estoy cien por cien segura de que tengo algo que decir y segura también de que lo voy a decir como quiero, y no de otra manera, o de la manera que los demás quieran leerlo, sino a la mía. Te engrandeces porque sabes igualmente que si tú no me das las conexiones entre las líneas y las palabras permaneceré en una sequía continua, angustiosa, hasta que aparezcas. Hoy he decidido desafiarte, pero con sutileza: esto es, mostrándote que siempre hay algo que decir y que siempre se puede hacer como uno mismo quiera; estés tú o no, me es indiferente. Ya no eres imprescindible. Casi nada es imprescindible, ¿no crees? Me basta con observar y, de fondo, “No one”, de Alicia Keys, para que mi mente vuele libre y sin límites. Ya lo dijo Ángel Ganivet: el horizonte está en los ojos y no en la realidad. Cuánto de cierto.

6 de febrero de 2008

Vivir adrede


He de confesarle que, al leerle (concretamente, en los primeros capítulos de “Vivir Adrede”), uno se siente insignificante, como si de repente se añadiesen mil, tres mil, un millón de títulos a esa interminable lista de libros por devorar que guardabas entre tus cosas. Quiero decir: de repente sientes que te falta tanto por leer, por descubrir letras y estilos, que te vuelves vulnerable ante el colosal abismo de esas mismas letras, de sus uniones y de sus divorcios y, por qué no, de sus reconciliaciones. Me gustan sus palabras porque a usted, como a mí, le apasiona escribir abstracto, sólo para entenderlo usted mismo, al menos si de textos personales se trata.

“Vivir adrede” destila un cariño especial, que se evapora sigilosamente en el pasar de las páginas, y si ésa era su intención, le confieso también que lo ha logrado. ¿Sabe a qué me refiero, no? Al cariño con el que se tejen las buenas cosas, las buenas acciones, las buenas letras. Su libro –un compendio de textos cortos, de diez o veinte líneas cada uno- acaricia tan delicadamente la sencillez que pasa por ser excepcional. Me ha fascinado porque requiere una lectura concentrada, delicada, paciente, inteligente, profunda, retrospectiva pero, por encima de todo lo anterior, ha de ser una lectura entregada.

Disculpe mi atrevimiento en dirigirme a usted si tan siquiera conocer mi existencia, pero , si le sirve como excusa, le haré una tercera confesión: no crea que no me tiembla el pulso e incluso el sentimiento al redactar estas líneas; tanta maestría, compréndalo usted, impone. No obstante, no quería dejar pasar la oportunidad de hacer como si usted leyese estas líneas, aunque sólo fuese para agradecerle que su vida, sea poesía, y su poesía, el reflejo de la vida. La de cada cual, pero poesía al fin y al cabo.

Hasta siempre, señor Benedetti.

6 de enero de 2008

Sexualmente



Ves a una chica como Nuria y lo último que se te pasa por la cabeza es que pueda escribir un libro sobre sexo. Pero lo ha hecho. La verdad es que siempre he sentido una gran simpatía hacia ella; es de las típicas personas que ya te caen bien antes incluso de mantener una conversación. Con una eterna sonrisa, contagia un optimismo exacerbado, naturalidad y buenas vibraciones. Vamos, que te encantaría tenerla como amiga.

El caso es que sí: ha escrito un libro sobre sexo que, hasta donde sé, va por la sexta edición, o eso dice la portada del ejemplar que digerí en un día y medio. ¿Qué si lo recomendaría? Tal vez sí. Depende a quién, pero por lo general , sí.


En cincuenta y tres capítulos habla en primera persona sobre experiencias propias y ajenas. Pero tiene más pinta de lo segundo que de lo primero, porque es mucho más creíble pensar que estas vivencias constituyan un recopilatorio de las intervenciones en Sexymental, un consultorio a cargo de Nuria dentro del programa “No somos nadie”, conducido por Pablo Motos en M80. Imposible que esta chica haya vivido todas las experiencias que cuenta en cerca de 250 páginas, sin tapujos y llamando a las cosas por su nombre. Pero eso sí, divertidísimo.


Dos meses y sexta edición. No digo más. Descarto el “tal vez sí” del segundo párrafo: altamente recomendable, tanto para ellos como para ellas.


Por cierto, de light, muy poco.

21 de diciembre de 2007


Hay que escribir como si se arrojase al mar una botella con un manuscrito dentro. Reflexioné sobre esta frase lanzada al azar por él y rescatada y apuntada a conciencia por mí. Y pensé que, bajo su simplicidad, había mucho de cierto. La tuve en mente un tiempo y, en el intento de que no acariciase la soledad, la acompañé de imágenes. Así, con lienzos, con colores, con esbozos, siempre se puede recrear mejor la palabra, darle forma y consistencia, o tal vez sucede a la inversa.

Empezó un segundo.

El caso es que acompañé esa cita con imágenes y cobró tanto realismo que quedó plasmada en un lugar fijo de mi mente, inmovible, anclada. Imaginé por un momento una mano entreabierta que sostenía de forma delicada y casi sin querer esa botella, justo donde las olas rompen con la arena y hacen espuma, justo donde el clamor desafiante se torna en susurro, en pequeños y suaves latidos. Justo ahí, él o ella dejaba la botella y la abandonaba a su suerte. Una suerte ignota y desconocida que empezaba a empaparse, poco a poco y siempre a latidos muy cortos, de incertidumbre.


Acabó un segundo.

Pues así, imaginando, en cuestión de décimas pero imaginando al fin y al cabo, esa frase quedó en mi mente y comprendí mejor lo que Carlos Fuentes, escritor mejicano, quería decir. Escribir sin expectativas, sin idea alguna de quién te leerá, dónde, cómo, cuándo y sobre todo por qué; escribir por la necesidad de escribir, por responder casi impulsivamente a un extraño fenómeno que, cual impulso irrefrenable, te obliga a contar lo que en ocasiones, sólo en algunas ocasiones, te cuentas a ti misma.

17 de diciembre de 2007

De todo menos de eso



Hasta la propia peluquera me lo decía esta tarde: “mira, no sabes lo cansada que me tiene el villancico éste que me ponen en el centro comercial todos los días y a todas horas; estoy harta, pero harta de verdad. He ido a hablar con el director comercial para decirle que, o lo cambian (ponen uno variado, al menos) o que le pasamos las facturas del psicólogo a final de mes”.



Normal -le digo-.

Y siguió contándome: “Me tiene loca. Acabas con una neurosis. ¿No te das cuentas de que es todo el día con la misma musiquita? ¡Es que es el mismo villancico repetido una y otra vez! Se acaba y venga a repetirse. Y me dice el director comercial que no, que no puede hacer nada porque ésa es la única canción con la que funcionan los machanguitos de fuera, esos que están a la entrada del centro, sí, esos”.

Paró el secador y lo apartó hacia un lado, en el aire, como en señal de protesta, arqueó las cejas, los ojos y abrió la boca formando una “o”. Y nos miramos indignadas.

En nombre de esta chica que me cae tan bien, y del mío propio, hablaré en este post de todo menos de eso. De eso que llega en estas fechas. De eso que es una mezcla de superficialidad, hipocresía, consumismo exacerbado y guirnaldas. Hablaré de todo menos de eso, porque me incordia tanta afectividad comprimida en el delicado frasco de treinta y un días -a veces más, otras menos-, de tantos falsos regalos, de tantas falsas y estiradas sonrisas, de tantos falsos abrazos. Hablaré de todo menos de eso, porque, al menos yo, apuesto por sonreír y regalar más el resto del año.

Y por qué no, apuesto por un poco más de conciencia para aquellos que, sin reparo, extienden la Visa Gold para regresar a casa cargados de paquetitos sin caer en la cuenta de que, a no ser que sean cristianos y practicantes, están celebrando una tradición ajena a sus principios morales. Incluso, un poquito más de conciencia, si cabe, para aquellos otros que destinan varios miles de euros en alumbrar descaradamente las calles más céntricas de nuestras ciudades. Cuántas veces no he pensando si ellos, a su vez, no se detienen a pensar, aunque sólo sea un segundo, que bajo esas luces dormirán, durante y después de estas fechas, indigentes que buscan cobijo sobre cartones duros como el frío que les corta la piel y hambrientos porque ya no queda nada en ellos del último bocado que consiguieron ingerir.

Yo no hablo de negro; tampoco de blanco; ya lo dice el encabezado de este blog: siempre, de un punto intermedio. Y el que avisa, no es traidor.

Lo de buscar entusiasmada tu traje de fin de año, con tacones, complementos y maquillaje a juego, y encargarte de que sea sofisticado pero no recargado, sensual pero no vulgar, elegante pero no llamativo, sencillo pero realmente exquisito, además de volver a pedir hora en la peluquería, eso ya es otra atractiva y emocionante historia que, esta vez, podrá relacionarse con tradiciones, pero está totalmente exenta de principios éticos. Al menos, religiosos (que dios me salve de ésta).

28 de noviembre de 2007

Dedicado a todos los que no saben callar


Un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera, pero en una sala de espera. Donde hay un cartel que ruega silencio pero que ejerce un incontrolable deseo de contar y contar todo lo que puedas, es atormentador, no te deja que te calles nada, no; cualquier chisme tiene que aflorar, no vaya a ser que vuelvas intranquila a casa. Que no se te olvide ese dato tan importante, que no se te olvide decírselo a tu vecina del quinto, a la que te has encontrado por casualidad en la consulta y a la que nunca saludas pero esta vez, hay que hacerlo, cómo no, y no sólo saludarle sino ponerle al tanto de cómo te van las cosas: tú no estás enferma pero qué más da si hay en la sala otras veinte personas que si lo están. Algo hay que inventarse para poder contar y contar a la otra, sí, ésa que crees que es tu vecina del quinto, o a la que está enfrente tuyo, o al que acaba de llegar con su hijo en brazos.



…Pues mi viaje a París genial uy no sabes tú qué bien qué divino todo ah pues a mi hijo le entró una vez una bolita de perdigones en el oído y me decía que no me escuchaba y yo pensaba será que no quiere escucharme y él me decía no mami no te escucho pero porque no puedo y entonces lo llevé al médico y mira tú por donde que no es porque no quisiera sino porque no podía! anda qué casualidad pues a mi hijo le ocurrió algo parecido también le entró un garbanzo en la orejita pero yo creo que en realidad se lo metió su hermano imagínate estuvo tanto tiempo con el garbanzo dentro que hasta explotó como si fuera a echar raíces sí mi hijo juega esta tarde por eso viene ya con la ropa del fútbol tienes que probar el mousse de chocolate que hice si sé que estás aquí te hubiese traído un poquito me encanta ese perfume anda si creo que tengo una muestra por aquí espera que busco porque los bolsos son cada vez más grandes mi hijo es muy sentimental sabes cuando me enfado con él siempre me pregunta pero mami tú me quieres esos yogures no valen para nada mucho bífidus y mucha historia pero sólo actúan a nivel intestinal lo de que te aumentan las defensas es pura mentira yo lo sé porque tengo un amigo que trabaja en la Unidad de Microbiología del Hospital y un día le dio por analizar el yogurt ése y dice que ahí no hay nada que son sólo componentes lácteos ya ve usted que no se puede uno fiar de nadie yo me lo imaginaba sí sí y luego sale la chica ésta tan mona ella y tan estupenda diciendo por la tele yo cuando me siento decaída me tomo esto anda ya no se lo cree ni ella qué tiempo tan malo hace así cae enfermo cualquiera con estos aires ya ve usted mire una vez me dijo un médico que lo mejor para la gripe es guardar cama lechita calentita y aspirinas y lo demás es sólo tontería dice que él receta otras medicinas por puro protocolo pero que si por él fuera la gripe sólo se trataría con aspirinas en esta isla somos muy afortunados este móvil que nunca lo encuentro y no sé bajarle el volumen si el pobre ha estado fatal toda la noche y tanto yo me voy a la playa todos los día sin excepción y regreso sobre las nueve a casa y claro luego me doy una duchita porque los pies se me quedan muy fríos pero sólo en invierno en verano no y luego me pongo unas chanclas porque no me gustan las zapatillas y cuando hace mucho frío me pongo unos calcetines y encima las chanclas y parezco una extranjera igual que esos alemanes que vienen aquí y tamb…



Se detienen las voces, que han dejado de martillear, los ruidos, se congelan los gestos, alguien ha puesto a todos en pausa excepto a mí y a esa enfermera que viene a rescatarme.


-Señorita.

(La miro como puedo)


-Entre por favor.


-Gracias.


Y entonces, respiro.


Ya lo dice un proverbio persa: la arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio. O lo que es lo mismo: cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio… Y sí, lo confieso, tuve que contar más de una vez hasta diez para no lanzar al aire un “por qué no te callas?!”

12 de noviembre de 2007

Érase una vez


Esta noche me invade la indescriptible sensación que inunda el cuerpo cuando finalizas un buen libro. Se han unido, por fin, portada y contraportada de “La elegancia del erizo”. Ahora entiendo por qué triunfó y está triunfando tanto en el público pero no así en la crítica francesa: ataca a la burguesía parisina y la superficialidad de toda clase alta que se precie, mediante metáforas en el mejor de los casos y directas, en el peor de ellos. No teman, no voy a desvelar ese inesperado final que tanto me ha dolido, sólo voy a decir que estoy deseando que la película vea la luz el próximo año, para conocer a Kakuro, por varias razones: porque no le gusta decorar su piso con nada que se repita (dos lámparas iguales, por ejemplo), porque respeta el orden de las cosas, porque ama los árboles y en concreto a los bonsáis, porque es educado, enigmático y muy inteligente y porque le encanta la armonía. También estoy deseando conocer a Margueritte, la amiga de Paloma (la protagonista) y a ésta última, que, por cierto, entrañable mujercita donde las haya.

Es cierto que “La elegancia del erizo” habla sobre los placeres cotidianos, y los placeres cotidianos, como el arte, son tan inexplicables que sobran estas líneas. Me quedo con muy buenas frases y un “no sé qué” que me hará colocar este libro en un lugar especial; en un pedestal para libros (porque sí, hasta en las estanterías, hay jerarquías).

También conseguirá que esboce una sonrisa al recordarlo. Como una suave melodía que acude en el preciso instante en que la necesitas.

Glorioso.

Ahora, desbancando a los libros que ya se habían apropiado de ese huequecito en el que sólo yo sé que están los pendientes por leer, me enfrento a “El libro de las ilusiones”, de Paul Auster. Cuestión de prioridades. Pero he ahí lo maravilloso: aparece uno de repente, el otro ha esperar; nada es casualidad. Todo tiene un por qué y un momento. Nada escapa al libre albedrío de nuestras intenciones. Ni en los libros, ni en la vida. La palabra “fortuito” sólo decora el diccionario y algunos relatos volátiles.

Qué tristeza cuando acaba un buen libro, pero qué plenitud al saber que has formado parte de esa historia por algunos días y que por siempre, permanecerá en ti.

11 de noviembre de 2007

Inasible quimera



Qué placer escucharle. Decía ayer Xavier Sardá, en una entrevista con Jordi González para el programa “La Noria”, que uno tiene héroes, pero también antihéroes. Y él es uno de los míos. De los héroes, por supuesto; de los héroes mediáticos que la cámara adora y los espectadores admiran, sin saber muy bien por qué. Un personaje televisivo tras el que se esconde, a la vez, una personalidad sumamente interesante. Muy poco puedes conseguir atraer si no brilla en tu interior alguna fuerza que te haga ser, y no sólo parecer, especial. Y él consigue ser admirado y respetado a la vez. Difícil tarea. Difícil cuando, confiando en tu proyecto, decides nadar a contracorriente y hacer lo que te gusta hacer con la dificultad añadida de ser tu propio jefe, como hizo con Crónicas Marcianas (distinguido con la Rosa de Plata del Festival de Montreux en 1998 y el Premio Ondas del año 2000, además de 10 TP de Oro) durante ocho años, que al final terminaron por tornarse eternos: “tienes que saber apartarte del éxito antes de que él consiga dominarte […]. Retirarme a tiempo fue una cuestión de felicidad propia”.

No sabes muy bien por qué, pero te quedas mirándole: sonrisa irónica, mirada pícara y ceja en alza. No sabes muy bien por qué llama tanto la atención, por qué consigue enamorar, de esa forma grácil y sutil, a la cámara, por qué sabe comunicar tan bien, por qué gesticula, con pausas, de un modo tan perfecto; no sabes muy bien si es cuestión de personalidad o de trabajo bien hecho; quizás de una profesionalidad adquirida en el día a día tras muchos años, quizás un don; el caso es que no sabes muy bien por qué todo lo anterior; pero te quedas mirándole, observándole, y piensas: es un genio. Un genio de los grandes.

Es cierto que no le dio una entrevista fácil a Jordi: se movió por el plató cuanto y como quiso, interactuó con el público, rehusó inteligentemente preguntas que no le apetecía contestar, deshizo todas las expectativas (el presentador hacía todo lo posible por crear un clima de entrevista personal y profunda pero Sardá la convirtió en amena y cómica), convirtió una hora de preguntas y respuestas en un show, como él sólo sabe hacer e incluso llegó a insinuarle a Jordi que dejase apartado el guión. Pero él es Sardá, con mayúscula, y puede –y tiene- licencia para hacer cuanto quiera.

Reconozco que, si bien lo admiro en muchas de sus facetas, uno de los aspectos que más me atraen de este as de la comunicación, periodísticamente hablando, es su forma de locutar. Sabe que lo hace bien y disfruta con ello. Juega y seduce con la voz al mismo tiempo. Recuerdo sorprenderme a mí misma siguiéndole en su último proyecto, 'Dutifrí' (un programa sobre viajes que sólo cuenta con trece entregas al año pero con el inconfundible sello “sardiano”: una realización magnánima y una estética increíble) atenta a cómo ponía voz, con una maestría incalculable, a cada vídeo. Supongo que esta maestría encomiable le viene de haberse labrado su futuro profesional en unos estudios de radio (casi diez años en total) pero lo cierto es que triunfa en lo que quiera que hace y por donde quiera que pasa, sin óbice que se le resista.

Enjaezado de premios (Antena de Oro de Televisión de 1997, el Premio de la Academia de Televisión de 1999 al Mejor Comunicador de Programa de Entretenimiento y el TP de Oro de 1997, 1998, 2002 y 2003 al Mejor Presentador) continúa siendo, aparentemente, una persona sencilla y cercana, a la que tanta distinción no le levanta en demasía los pies del suelo. Intuyo que sólo lo justo para valorarse y proporcionarse fuerzas para seguir creciendo.

Anoche, siguiendo la entrevista, volví a pensar lo que siempre he pensado: lo que daría por poder tomarme un café con él. Cuántas cosas me gustaría preguntarle. O cuántas dejar que me contase. Pero me temo, querido Sardá, y esto que quede entre tú y yo, que me quedaría sin palabras.

8 de noviembre de 2007

Placeres cotidianos

Era canijo, pero tremendamente gracioso. Sus rizos dorados caían sobre sus mejillas delicadamente, aunque con un ligero movimiento de vaivén. Con una fuerza de voluntad infinita, se puso de puntillas y alzó todo su cuerpo, aún más de lo que podía; pegó sus pequeñas manitas en el cristal y de paso su naricilla, y abrió bien los párpados, los ojos e incluso levantó tanto las cejas como en un intento de poder encontrar una rápida solución –lo necesitaba urgentemente- ante tanta explosión de colores, de sabores, de texturas, de estímulos.


Tiró de la falda de su madre como pudo, y sentenció firmemente: “el mío, de socolate y fesa”. Al escucharle le envidié por momentos porque supe que yo tardaría algo más que él. Me hubiese gustado pedirle a este niño tan entrañable algunos de los ingredientes (capacidad de decisión, seguridad, esos ojos tan abiertos, esas manos apoderándose –en señal de autoridad- de la vitrina empañada a última hora de la tarde) cuya pócima final me hubiesen ayudado a lanzar una respuesta, pero él estaba muy ocupado en poder mancharse la camisa de cuadros azules en un fondo blanco (terrible color para entrar en una heladería) y para permitir que sus pantaloncitos se empapasen bien de esa eterna mezcla de chocolate y fresa. De un cálido marrón y un dulce rosado. Su madre no pensó lo mismo. ¡Pero y en qué queda la infancia… si no en éstos momentos!

Tantos nombres sugerentes y sólo un tarrito en mi poder. Sentía la presión sobre mí. ¡Tantos helados artesanos (y para colmo italianos) y yo tenía que decidirme por uno! Imposible. Claro que podía salir de la heladería y no tomarme nada; pero no podía, ni quería, escapar de la tentación. Caer en ella es también, de vez en cuando, sumamente saludable.

De piñones acaramelados, de dulce de leche (ohhhhhh!!), de chocolate con galleta, de yogur con arándanos, de nutella, del exquisito, aunque clásico, turrón, de menta, de plátano con nueces, de queso y miel, de manzana... Mis sentidos estaban trabajando a tope y una de dos: o elegía ya, o me quedaba sin sentidos y sin cucurucho.

Entonces miré al niño de nuevo y pensé: “qué fácil es la vida para ti… ya verás cuando crezcas -y puedas ver por encima de esa vitrina...-!!!” Y pareció leerme el pensamiento, porque se giró y me sonrió como sabedor de todo lo que había ocurrido: de que yo le había mirado desde un principio, de que él había elegido “socolate y fesa”, de que se había manchado, de que su madre le había peleado (pobre…) pero él era igualmente feliz, y de que a mí me perdía y me pierde, terriblemente, lo dulce.

5 de noviembre de 2007

Un segundo de Amos Oz


Nunca me ha gustado la historia y por ende, los libros que hablan sobre ella, sobre lo que pasó y es totalmente imposible remendarlo (creo que dije alguna vez que odiaba las fechas). Pero no me impide, afortunadamente, interesarme sobre aquéllos que escriben sobre el paso del tiempo y sobre cómo el tiempo pasa, y deja huellas y heridas y conflictos y guerras, como Amos Oz, Príncipe de Asturias de Las Letras 2007 y reconocido por su perpetua y tenaz defensa del diálogo con los árabes.

De una reciente entrevista en las que sus respuestas fueron tan abiertas y personales como las que siempre quieres encontrar en una entrevista pero nunca hallas, me quedé con cinco datos. Y por ahora, son esos cinco datos -cercanos, del escritor de calle, el que te puedes encontrar en el supermercado o al que, fácilmente, podrías preguntarle la hora porque sus rasgos amables se prestan a ello- los que recordaré cuando vuelva a escuchar su nombre. Y sobre todo, su apellido, que lo cambió algún día por el de Oz, que significa “coraje” en hebreo.

Primero. Dice amar el desierto. Le gusta salir antes del amanecer y pasear un tiempo, alrededor de cuarenta y cinco minutos, porque le gusta ver la luz del día, esa primera luz, sobre las rocas. También lo ama porque le aporta objetividad, sobre todo en su trabajo, la historia, y porque no esconde secretos.

Segundo. Este luchador nato, seguidor de las letras de Chéjov, William Faulkner ó Lampedusa, declara sentarse en un café y robar fragmentos de las conversaciones de los demás, “esos trozos de vida son mi tesoro”.

Tercero. Reconoce ser un músico frustrado y permitir la catarsis de este sentimiento en sus libros: de ahí que en ellos siempre haya una composición musical: “la obra que ahora publico en España, "Fima", suena como un concierto de invierno en una orquesta de cámara”.

Cuarto. Siente especial devoción por su mujer. Según Oz, es ella quien le ha enseñado las cosas más tiernas de la vida y quien le ha despertado su lado más sensible, el que antes desconocía. Admite que las críticas de su esposa son para él las más importantes, porque “es capaz de ver el lado más sutil de las cosas”.

Y quinto. Asegura que son muchos los que en Israel le acusan de traidor. Pero con tranquilidad y sosiego, asume no tener miedo: “traidor es alguien que cambia a los ojos de quienes no tienen la capacidad de cambio. Y yo cambio”.

3 de noviembre de 2007

Por una buena causa




El 26 de Diciembre de 2004, cerca de 300.000 personas perdieron la vida debido al tsunami que azotó el sudeste asiático. Difícil de olvidar, por mucho que pase el tiempo, por muchos años que pasen. Aún hoy, recuerdo las imágenes y un escalofrío recorre mi cuerpo. Ya no sólo por aquéllos que pasaron a otra vida; ya no sólo por las devastadoras imágenes que nos ofrecieron videoaficionados y mostraron la crudeza de aquellos días; ya no sólo por unas paradisíacas tierras que quedaron reducidas a añicos; casi invisibles e inexistentes. Ya no sólo por eso. En lo que más pienso, ante una catástrofe humana como ésta, es en los que quedaron. Porque como en todo, y quien lo haya vivido alguna vez sabe de lo que hablo, sufre más –y cuánto más- el que se queda. El que se queda en el lugar donde todo sucedió, y donde todo o casi todo permanece, menos aquella persona.



La espectacular modelo Petra Nemcova se encontraba en Tailandia cuando ocurrió una de las tragedias más conmovedoras de los últimos años. Llegó a mirar cara a cara a la muerte: “llevaba ocho horas agarrada a una palmera y empecé a tragar agua negra. Las fuerzas me abandonaron y pensé que aquello era el final… Sorprendentemente lo que sentía era una inmensa paz. Todo estaba tranquilo. Así es el momento previo”. Ella sobrevivió, pero entre aquellas 300.000 personas que fallecieron se encontraba su prometido. “He aprendido que siempre puedes elegir; ante los momentos tan duros, está en tu mano dejarte arrastrar y hundirte, o hacerte más fuerte”. Ni qué decir tiene que escogió lo segundo. Se aferró a la vida con una entereza que, según ella, le viene de la práctica, desde hace nueve años, de la energía universal, una mezcla de meditación y reiki que consiste en tomar energía del universo y reconducirla hacia uno mismo para fortalecerse. Ahora, cuando le preguntan si cree que podrá volver a enamorarse, contesta: “Sé que lo haré. Será de un hombre que no sólo “parezca”, sino que también “sea”. En su estancia de tres meses en el hospital, donde se recuperaba de las cuatro fracturas de pelvis “que cuando sea viejecita me darán problemas”, comenzó a tejer la idea de crear la organización sin ánimo de lucro Happy Hearts. La vida le había dado una segunda oportunidad y sintió la necesidad de actuar, especialmente con respecto a los niños afectados por el desastre, apoyando la construcción de colegios, jardines de infancia y centros médicos. Aunque la ONG, ya consolidada, está presente en Tailandia, Sri Lanka, Indonesia, Pakistán, Camboya y Vietnam, quieren ampliar horizontes y sembrar solidaridad en Haití, India, Perú y Sudáfrica.



Uniéndose a esta causa, la revista de moda ELLE ha diseñado una camiseta solidaria, disponible en las tiendas MANGO, cuyos beneficios íntegros irán destinados a la fundación creada por Petra. Más concretamente, a un proyecto llamado “Bantul Kindergarten”, mediante el cual se construirán guarderías en Indonesia para los afectados del terremoto de Yogyakarta. A la iniciativa se han unido tres modelos españoles (Andrés Velencoso, Oriol Elcacho y Jon Kortajarena), prestando sus caras de anuncio en las camisetas por esta buena causa.



31 de octubre de 2007

Diarios de motocicleta


No me gusta Diarios de motocicleta porque actúe Gael García Bernal, uno de mis actores predilectos. Nadie dijo que tuviese unos encantadores ojos verdes, una tímida sonrisa que embauca y una cautivadora mirada; nadie dijo que sus gestos delicados poseyeran esa magia especial que conquista fácilmente, casi sin querer. Nadie dijo eso. Me interesé por la película por su argumento, o eso creo… Prefiero pensar que me encantó su interpretación y que esta película pasó a ser una de mis preferidas por su montaje, guión, por su excepcional fotografía y por su banda sonora: no sé a ti, pero cuando recuerdo una película, siempre sucede que presiento el sonido y, después, siento la imagen. Pero siempre el sonido. Un sonido tiene más poder que una imagen. ¿O acaso no es cierto que una palabra susurrada pueda mover más montañas que una única fotografía, estática, inmóvil, inverosímil, fría? Sólo hay una cosa más bella y tremenda que el sonido: su ausencia. El silencio pasa a veces a serlo todo y cualquier movimiento es capaz de estropear su poema.


La banda sonora de Diarios de motocicleta es la voz de Latinoamérica. En ocasiones, al imaginarme algunas escenas, como aquéllas cargadas de un fuerte valor moral, retumban las letras de Jorge Drexler (“…el día le irá pudiendo, poco a poco al frío, creo que he visto una luz, al otro lado del río…”).

Prometo no desvelar nada, tan sólo confesar sensaciones. Acaricia la idea, por un momento, de hacer la maleta e inmiscuirte en un viaje de ocho mil kilómetros. Cuatro meses. No hay método. La improvisación será tu guía. Nada más y nada menos. El periplo transcurrirá por Buenos Aires, Patagonia, Chile, Andes, Machupichu, Perú y finalmente, Venenzuela.


El horizonte. Y más allá, de nuevo, el horizonte.


Las sombras de una motocicleta se entremezclan con la hierba fresca, inquieta por el viento. El mismo viento que sientes fuerte, muy fuerte, cortante y casi hiriente, infernal, cruel y desolador, en la piel, no hay poro que se resista, en los párpados, en las pestañas, en el abrir y cerrar de ojos, en la sien, en el cabello; un zumbido ensordecedor intenta apoderarse de ti y hacer que desvanezcas; no sabes muy bien por qué pero permaneces inmóvil: tú sólo puedes mirar hacia aquél horizonte. Recuerda que llevas tras de ti cerca de dos mil kilómetros. Avanzan los fotogramas, pero al viento se le unen el frío, el hambre y la sed. Frío que emana de la nieve, el que desprende la neblina y el de tus propios pensamientos, congelados. Hambre de sensaciones y sed de espejismos que engañen con nuevas fronteras.


Sentir nostalgia y aprecio por lugares en los que nunca se estuvo. Viajar por viajar. Benditos sean esos viajes. Nada se pierde al viajar: todo se encuentra. Porque… y a quién no le gustaría poder esbozar, tan siquiera, un diario de motocicleta. Y a quién no.


Un film emotivo y real, a ratos dramático. Pero no contaré nada. Prometí sólo confesar sensaciones.

Palabras mayúsculas



Retrocendiendo en el tiempo aproximadamente un mes, me rondaba una duda existencial de marcado carácter literario (es una frase que me salió ayer, porque sí, escribiendo un “mail”; y me dije: “¡anda!, ésta tengo que apuntarla"; y no, no la apunté, pero acaba de venirme ahora a la mente y, por si acaso se me olvide, la dejo por aquí en el blog). Lo que decía: una duda - existencial – de – marcado – carácter – literario: quería iniciarme en la lectura de Javier Marías y Paul Auster pero no sabía ni por quién empezar, ni qué obra escoger.



El primero me suscitaba interés porque tanto su prosa, como la forma de airearla y darle forma en sucesivas páginas, le encantaba a una profesora de Creación Literaria que tuve cuando estudiaba Periodismo, a pesar de que criticaba -en lo que a estilo o registro se refiere- a todo escritor que le venía a la mente. Sin embargo, siempre, y digo siempre, hablaba maravillas de Javier Marías. Y del segundo había escuchado mucho hablar pero nunca había sentido la inquietante necesidad de leer algo suyo. Pero en esos días, llegó el momento (a finde cuentas, por algún extraño e incomprensible pero a la vez supremo encanto, son los libros quienes te llaman; nunca llegan por casualidad a tu vida), después de oír a Cayetana Guillén Cuervo decir de Auster que "escribe como los ángeles".

Para encaminarme en la lectura de uno de estos dos autores, solicité, en un foro especializado, consejo sobre el que cada cual creyese, a su juicio, el mejor libro de Javier Marías o Paul Auster. O el que más les hubiese enamorado, entusiasmado, atraído o enloquecido. Me despedí estando “infinitamente agradecida”.

Mientras se sucedían las respuestas, decidí informarme sobre ambos literatos, sobre su vida, su trayectoria y sus logros. Por alguna otra extraña e incomprensible razón, me gusta saber qué hay detrás del hombre o la mujer que ha firmado el libro que tengo entre mis manos. Qué le ha llevado a escribirlo, en qué circunstancias, el por qué de ese título y no otro, cuánto tiempo invirtió, si vio recompensado su trabajo o no, qué comenta la crítica (aunque esto último me importa bien poco), etc. Pero aunque bucees por la red cual especie marina adaptada totalmente a su medio y conocedora de aquél, no encuentras lo que buscas. Sólo hallas lo que quieren darte. Premios, premios y más premios. O datos y datos que no te sirven para nada. O características de sus obras. Y fechas (¡odio las fechas!... de ahí que nunca se me haya dado bien estudiar Historia). Y yo me pregunto cuándo nos hablarán de persona a persona, de escritor a escritor. De tú a tú. De contarte cómo ha sido su vida, qué le llevó a empezar a escribir a los doce a los quince, cuáles eran sus inquietudes, de qué color era el futuro que vislumbraba entonces, qué realidad ha desenmascarado años después, qué aconseja a los que comenzamos, qué nos ruega que nunca, jamás, hagamos. Pero no. Sólo encuentras eso, lo que quieren darte. Y dentro de lo que he encontrado, prefiero contar únicamente lo que a mí me ha interesado.


De Paul Auster, quien recibiese en 2006 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, se puede contar mucho y muy bueno, pero abreviaré. Su contacto con los libros fue bastante prematuro, gracias a la biblioteca de un tío suyo: empezó a escribir a los doce años (lejos de resultarme una barbaridad, me produjo ternura y me hizo acercarme más a él porque, de entrada, ya teníamos algo en común), antes incluso de descubrir el béisbol que tan presente se encuentra en sus novelas. El suspenso en el examen de ingreso le impidió trabajar en el cine, pero fiel a sus motivaciones, continuó escribiendo guiones para películas mudas que nunca se rodarían, pero que figurarían más tarde en “El libro de las ilusiones” (en 2003, “Premio al mejor libro del año del Gremio de Libreros de Madrid”).


Dicen de este señor que es, por excelencia, el escritor del azar y de la contingencia. Su estilo es aparentemente, y sólo aparentemente, sencillo, gracias a la habilidad que le regaló su amor por la poesía (comprender su estructura, su curso, su movimiento); pero nada más lejos de la realidad: sus escritos esconden una compleja arquitectura narrativa, compuesta de digresiones, de historias en la historia y de espejismos. Confiesa que Kafka y Beckett tuvieron, como escritores, un notable impacto sobre él: la influencia del segundo “fue tan grande que casi no puedo salir de ella”.



Javier Marías, por su parte, es uno de los pocos escritores que puede presumir de ser miembro de la Real Academia Española de la Lengua desde 2006 y de haber sido articulista del diario El País. Escribió su primera novela, “La Víspera”, con quince años, pero nunca ha llegado a publicarla. De su obra, destaca especialmente “Corazón tan blanco" puesto que tuvo un gran éxito tanto de público como de crítica, y significó su definitiva y verdadera consagración como escritor. A su siguiente novela, "Mañana en la batalla piensa en mí" (título tomado de un verso de Shakespeare, al igual que Corazón tan blanco), le llovieron los premios en Europa y América. Precisamente estas dos novelas, “Corazón tan blanco” y “Mañana en la batalla piensa en mí” han sido catalogadas, por muchos, entre los clásicos de la literatura castellana casi desde su publicación.


A nivel literario, algunos lo consideran poco español y extranjerizante. Otros, un tanto sobrevaluado. En cuanto a premios, muchísimos; no obstante, quiero destacar (después de embriagarme con las soporíferas menciones “premio nacional de”, “premio a”, “galardonado con”, “premio internazionale”) el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, en 2003, por el artículo “El oficio de oír llover”.



Punto y aparte.



Volví al foro, días más tarde, y grata fue la sorpresa al comprobar el debate que mi pregunta había generado.


En los comentarios sobre Paul Auster, puedo anotar algunas conversaciones, todas y cada una de ellas pertenecientes a distintos usuarios:

“He leído Trilogía de Nueva York y me dejó indiferente”



"Leviatán está muy bien escrito y engancha"



"El país de las últimas cosas me impactó tanto que he sido incapaz de leer nada más de

este autor"

"Todos los libros son buenos, pero me quedo con El libro de las ilusiones”.




Y en cuanto a Javier Marías:


"De él puede leerse casi todo"

"Con Marías no te equivocarás escojas lo que escojas"


"Guardo buenos recuerdos de "Corazón tan blanco" y "Fiebre y lanza"


Pero la conversación que más me sorprendió, fue ésta:


“Paul Auster y Javier Marías, son dos escritores en palabras mayúsculas -esto es, literatura de la buena-, que nada tienen que ver con Paulo Coelho, que es pura comercialidad. Las novelas de Marías son muy densas y, por tanto, suponen un mayor esfuerzo a la hora de leer que las novelas de Auster, que resultan más llevaderas. Creo que "Mañana en la Batalla piensa en mí" y "Corazón tan blanco" son dos buenas opciones para el caso de Marías, como antes apuntaba una compañera. Y, con respecto a Auster, también son buenas opciones los libros antes apuntados por los compañeros, "Leviatán" y "El libro de los ilusiones”.


La avisté esta mañana y pasé a considerarla, en el momento de leerla por primera vez y en una posterior lectura, la mejor de todas las respuestas que he podido contemplar en un mes: clara, directa, concisa y con conocimiento de causa. Aunque, dicho sea de paso, su autor discrepe de mis gustos literarios, lanzando un arma bien afilada (aquello de “pura comercialidad”). Pero no importa, acepto tal discrepancia y me encanta.


Punto y aparte y seguido. Teniendo en cuenta las opciones, y resuelta parcialmente (siempre quedan resquicios; donde hubo fuego siempre quedarán cenizas) mi duda existencial de marcado carácter literario, comenzaré por “El libro de las ilusiones”, de Paul Auster, puesto que gana por mayoría y lo confirma un antiguo compañero de universidad con el que hablé ayer y de cuyo criterio me fío absolutamente.


16 de octubre de 2007

Entrada número 7


Septiembre ha sido una buena cosecha. Primero fue “El niño con el pijama a rayas” y después, “La elegancia del erizo”. El primero, lo había visto varias semanas en la lista de los más vendidos y tenía curiosidad por saber qué se cocía en sus párrafos; al fin y al cabo, algo extraordionario debía haber escrito John Boyne para cosechar tantos éxitos. Pero, a decir verdad, me dejó indiferente. Una trama sencilla –demasiado sencilla para estar destinada al público adulto, además de “todos los niños a partir de trece años”, en palabras del autor-, con una redacción elemental.

“La elegancia del erizo”, en cambio, puede presumir de escritura brillante, vocabulario sobresaliente y narración atractiva.

Para cuando lo finalice, tengo esperando “El secreto”, de Rhonda Byrne (sí, ya lo sé; a estas alturas, debo ser la única que no lo ha leído) y “Diario de la noche”, un recopilatorio de textos del informativo de Fernando Sánchez Dragó, emitido en TeleMadrid; y del cual me confieso seguidora, en contra de muchos que lo califican desde impostor hasta retrógrado. Todos critican, pero más de uno quisiera tener un informativo de autor (género periodístico en el que se enmarca su espacio) y poder hacer lo que él hacía –excepto la pelota, para qué andar con rodeos-. En fin, que a medianoche me gustaba buscar, para después hallar, ciertos momentos de lucidez en sus palabras que, lejos de producirme risa irónica (lo que a otros, y lo entiendo) me hacían reflexionar porque en más de una ocasión dijo verdades como palacios. Este hombre es tan diferente que o le amas o le odias. Mi distancia me permite situarme en un punto intermedio y, sin adorarlo o menospreciarlo, reconozco y aplaudo su peculiaridad (no del mismo modo su profesionalidad, puesto que recientemente le revelaba a Ana Botella, antes de comenzar una entrevista y bajo el tamiz de un secretismo sibilino –pensaba que la salida de audio estaba cerrada- que él no había escrito el libro “Libertad, fraternidad, desigualdad. Derechazos”, porque no tenía tiempo “ni de ir al dentista”. Lo firma, le hace publicidad y se beneficia de su venta, pero no lo escribe. Sin comentarios. Lo cierto es que esa comprometida conversación, que no fue emitida, pero sí grabada, fue colgada en YouTube por un “compañero” de la cadena).


Punto y aparte. Retomo las primeras líneas del párrafo anterior, porque Dragó me robó demasiadas.

Decía que me aguardaban varios libros, para cuando finalice "La elegancia del erizo". Sí, confieso tener esa extraña pero a la vez dulce costumbre de comprar los libros y dejarlos reposar en un rincón especial donde sólo yo sé que están los no leídos. Eso me hace disfrutar con más intensidad, si cabe, la lectura del que en ese momento esté devorando, porque sé que, impaciente, aguarda otro, y algún otro más (no sabía por qué todo el mundo se empeñaba en que recibiese libros por cumpleaños, santo y Navidad pero ahora acabo de caer. Eureka.).

Sé que no me van a creer, pero cuando empecé a escribir el primer párrafo sólo tenía una única idea: hacerles saber que Paulo Coelho va a llevar al cine el libro “La bruja de Portobello” (aunque hubiese preferido que fuese “Brida”, sin lugar a dudas). Así que dicho está.

Paradojas de la vida. Empiezo con una sola idea, pero termino escribiendo una de las entradas más amplias del blog. Es la entrada número siete. Y finalizo mi escrito con Brida.

Luego, más allá, muy lejos, está la gente que no cree en la magia de las pequeñas cosas.

Premio Planeta


Ingenua de mí, que pensaba que para recoger ese trofeo tan apreciado por los literatos había que ser, por lo menos, un escritor reconocido. Y no famoso –que sería despectivo-. Digo bien: reconocido; a mi entender: valorado por tus obras en papel, por tu trayectoria y por tu arte entre líneas.

Ingenua de mí, que creía (hoy me pregunto por qué) que recibir ese trofeo era el premio que otorga el buen hacer entre portada y contraportada, el elogio a las largas noches frente a la máquina de escribir (no podía abandonar aquí, de repente y a su suerte, “ordenador”; no me negarán que carece de ese aire bohemio y romántico) en las cuales te insistías una y otra vez, regida por una disciplina espartana, que habían de salir aquellas frases para finalizar aquél capítulo que se negaba a la eternidad, rebelándose ferozmente.

Ingenua de mí, que, bajo la ignorancia con la que a veces premia la incredulidad, estaba completamente convencida de que, para llegar a ser finalista o ganador de un premio tan importante a nivel literario y social, no bastaba con que tu obra perteneciese a la novelística española o hispanoamericana, sino que debías haber defendido, durante años, lo que sólo algunos afortunados, muy pocos, poquísimos, se pueden permitir; alzar la voz y proclamar: "escribo. Y escribo bien".

De origen venezolano, aunque con nacionalidad española, se jacta de tener mucho glamour (aún por discutir) pero poca vergüenza. Que esto no suene a envidia, por favor. Boris Rodolfo Izaguirre ha sido galardonado finalista del Premio Planeta 2007, con su novela Villa Diamante.

Señores, no sé a ustedes, pero a mí, hay veces en las que este mundo se me escapa de las manos. O del más claro raciocinio.

No obstante, mi esperanza, en cuanto al mundo literario se refiere, permanece invicta. Aún queda un hálito de ella que en ocasiones, en muy contadas ocasiones, en los días que me invade el sereno pero a la vez motivador esplandor de la inspiración, me susurra que no todo es lo que parece. Ojalá…

Ojalá y no me equivoque.

5 de octubre de 2007

Ellas y el alcohol


Mediodía. Ella deja los bártulos a toda prisa sobre cualquier superficie que medianamente los sostenga y se dispone a preparar el almuerzo. Mientras que con una mano sostiene una botella de agua mineral, con la otra busca ansiadamente esos condimentos desaparecidos –aunque hasta ayer estaban ahí- que le faltan. De lejos, la voz cálida y cercana de un presentador de informativos parece advertirle de que las cosas han cambiado (hasta los tópicos), de que ya no es lo que era: ahora son ellas las que beben más que ellos.

Se detiene y observa al periodista, esperando al menos una única respuesta a tantas de sus preguntas, más de marcado carácter filosófico y existencial, quizás por ese día de lluvia que intenta abrirse paso tras los ventanales. Unas imágenes de chicas tiradas en las aceras de cualquier noche de fin de semana, con su botella en mano, como en pie de guerra, más bien perdedoras de esa guerra ignota, se suceden; mientras de fondo, los datos estadísticos hablan por sí solos: la edad de iniciación es cada vez más temprana, en torno a los trece años, y la cantidad de alcohol ingerida, mayor. Ella mira de reojo su botella de agua mineral. Absorta en la contemplación de aquellas chicas, tal vez coetáneas, no puede evitar cierto sentimiento de desaire a la vez que se pregunta, engullendo ese almuerzo preparado a toda prisa -no hubiese pasado lo mismo si los condimentos no se hubiesen movido del sitio- por qué conseguir la igualdad ha pasado por ser más que ellos. Es como si ahora, piensa, quisiésemos ser las dueñas de un mundo que antes, tiempo atrás, anhelábamos igualitario (¿dueñas de qué? ¿de los fines de semana o de las resacas posteriores?). Se le ocurre que, lejos de esa pretendida sociedad en la que los intereses se equiparasen, ellas han querido ser más que ellos. Y han optado por el camino más fácil. Quizá en el almuerzo de años venideros escuche al mismo periodista, ya con algunos haces de luz en su cabello, que ellas ya no son las primeras en clase. Y, de reojo, una mirada a sus libros de texto.

2 de octubre de 2007

Sin existencias






-¿Me puede repetir el título?

-Sí, cómo no: “La elegancia del erizo”.


-Mmmm… no me suena, “yo-eso-NO-lo-conozco?!”


-Salió a la venta hace unos días, el 24 ó 25 de Septiembre.


-Pues… me parece que no… ¿Está segura?


-Sí… Supongo que estará en novedades.


-¿El autor?


- Barbery. Muriel Barbery.


-Pues me aparecen diez existencias, pero no lo conozco. Ni he oído hablar de él. Qué raro… Espere un segundo aquí, a ver si lo encuentro.


Aproveché bien su “segundo”; que en realidad fueron cinco minutos, o tal vez diez. Me dio tiempo para pensar de todo: que qué me importaba a mí si esta dependienta de grandes almacenes conocía o no la última novela de ficción que había salido al mercado, o si ha escuchado –o no- hablar de ella, o que le parezca raro, rarísimo.


Mientras suspendía la vista en algunas personas que a su vez perdían la suya entre las hojas de cualquier libro de cualquier autor, pensaba que ya era hora de apuntarme a ese curso de francés que tenía pendiente. Muriel Barbery… ¿Baggberí?, o tal vez ¿Baggberi? Y recordé a Yves Saint Laurent. Me reí para mis adentros. Pero es que, al fin y al cabo, sólo sabía decir un nombre propio en francés con la dificultad añadida de que los franceses me entendiesen; y el único nombre que me venía a la mente era ése. En fin, que tenía que ponerme ya -YA- con el francés y, de paso, con el italiano.

-Disculpe.

-Sí, dígame.


-Debe ser “MUY-NUEVO” porque no lo encuentro en ningún sitio.


-(Pensé, sin traducir las ideas a palabras, que esta dependienta de grandes almacenes no debía tener muy buen oído; ¿no le había dicho hace un segundo –quizás diez minutos, ¡tan relativo es el tiempo!- que era una novedad?-


-Bueno, no es nada, no se preocupe. Ya preguntaré por él más adelante. Muchas gracias de todas formas.


-Y… ¿es bueno entonces?


-Por lo que he leído, en Francia ha sido todo un exitazo. A la crítica no le ha convencido pero ya lleva unas doce o trece ediciones.


-¿Ah sí?


-Sí… la verdad es que promete. Además piensan llevarlo al cine el próximo año.


-¡Creo que me lo apunto!


- Muy bien (le sonrío; con una mirada que asentía, a la vez que me despedía). ¡Buenos días!



Madrid, Madrid. Cuánto te echo de menos -incluída mi FNAC-. Pero ése, es otro capítulo aparte.

30 de septiembre de 2007

Un último suspiro



Escribir es un compromiso. Con uno mismo y con los demás. Un compromiso, como en todo, une pero también distancia. El escritor entra en comunión con sus líneas y con sus letras, pero también se distancia de la realidad. Es, a fin de cuentas, una catarsis, reflejo de la elegancia en el transcurrir de las palabras, el respeto en dirigirnos aquél que nos ha regalado su tiempo (a nosotros, y no a cualquier otro), y el compromiso, de nuevo este término, con entregar todo cuanto hay en uno mismo: dejar la piel e incluso el alma en una coma o en unos puntos suspensivos. Abrir las compuertas que velan por una lágrima. Anhelar o discernir. Cualquier reacción por parte del lector ha de ser experimentada previamente por el propio escritor: sólo entonces se vislumbra la simbiosis entre mago y discípulo, entre madre e hijo, entre la húmeda lluvia y la tierra en sequía, entre los amantes y la noche o entre el escritor y el lector. De ahí que haya que escribir con la ingenua e intacta (y él que eterna) ilusión del principiante y el “no sé que me queda por decir de tanto que quiero decir y he dicho” del experimentado. Estreno o despedida. Escribir, no obstante, como si esas letras fuesen nuestro último suspiro; el testimonio que nos exculpa ante el fin de nuestra existencia; una palabra más, una menos. Qué decir, cuando todo está dicho. Lo que queda entre esa dulce incertidumbre y el último suspiro es lo que se ha de plasmar en las líneas presentes y futuras; líneas que, más allá de enamorar, enloquezcan.

14 de septiembre de 2007

Sobre lo etéreo



Dicen que el arte no se halla en la obra, sino en el crítico, como la belleza. Y puede que sí. Porque, al fin y al cabo, es uno mismo quien le da vida y movimiento a esa pieza única, la hace suya; la desprecia o le ama, le enloquece o le produce indignación. El arte está tan lleno de locura como la vida misma: el espíritu del creador se emancipa y domina la acción; se hace partícipe, o mejor dueño, de cada pincelada, de cada nota, de cada esbozo. Comienza y termina por ser un reflejo único e inigualable de él mismo. De ahí que el arte sea el yo. Nada puede con él, nada lo destruye y nada lo cambia; puede con todo, porque por encima de las influencias sociales que reciba, continúa siendo la independencia del alma frente a lo material. Es celoso de su intimidad, reservado; huye de las reglas, los estereotipos y los caminos marcados. Es tan poderoso como la palabra y a veces más que ella. Protagoniza los sentimientos y las emociones. Inmortal, observador, sosegado, intuitivo, perturbador, onírico. Se pueden expresar tantas cosas a través del arte, y tan variadas, tan distintas la una de la otra; con mayor o menor intensidad, pero sigue siendo arte. Es el ideal. Aquello que no podamos expresar con palabras, sonidos, o silencio, podremos hacerlo con el arte. Él media entre nosotros y lo indecible. No hay nada más etéreo que el arte. O quizás lo haya, pero aún lo desconozco. Y espero que por mucho tiempo. Se puede hablar tanto sobre el arte que las palabras, sobran.

El arte es.