Ingenua de mí, que pensaba que para recoger ese trofeo tan apreciado por los literatos había que ser, por lo menos, un escritor reconocido. Y no famoso –que sería despectivo-. Digo bien: reconocido; a mi entender: valorado por tus obras en papel, por tu trayectoria y por tu arte entre líneas.
Ingenua de mí, que creía (hoy me pregunto por qué) que recibir ese trofeo era el premio que otorga el buen hacer entre portada y contraportada, el elogio a las largas noches frente a la máquina de escribir (no podía abandonar aquí, de repente y a su suerte, “ordenador”; no me negarán que carece de ese aire bohemio y romántico) en las cuales te insistías una y otra vez, regida por una disciplina espartana, que habían de salir aquellas frases para finalizar aquél capítulo que se negaba a la eternidad, rebelándose ferozmente.
Ingenua de mí, que, bajo la ignorancia con la que a veces premia la incredulidad, estaba completamente convencida de que, para llegar a ser finalista o ganador de un premio tan importante a nivel literario y social, no bastaba con que tu obra perteneciese a la novelística española o hispanoamericana, sino que debías haber defendido, durante años, lo que sólo algunos afortunados, muy pocos, poquísimos, se pueden permitir; alzar la voz y proclamar: "escribo. Y escribo bien".
De origen venezolano, aunque con nacionalidad española, se jacta de tener mucho glamour (aún por discutir) pero poca vergüenza. Que esto no suene a envidia, por favor. Boris Rodolfo Izaguirre ha sido galardonado finalista del Premio Planeta 2007, con su novela Villa Diamante.
Señores, no sé a ustedes, pero a mí, hay veces en las que este mundo se me escapa de las manos. O del más claro raciocinio.
Ingenua de mí, que creía (hoy me pregunto por qué) que recibir ese trofeo era el premio que otorga el buen hacer entre portada y contraportada, el elogio a las largas noches frente a la máquina de escribir (no podía abandonar aquí, de repente y a su suerte, “ordenador”; no me negarán que carece de ese aire bohemio y romántico) en las cuales te insistías una y otra vez, regida por una disciplina espartana, que habían de salir aquellas frases para finalizar aquél capítulo que se negaba a la eternidad, rebelándose ferozmente.
Ingenua de mí, que, bajo la ignorancia con la que a veces premia la incredulidad, estaba completamente convencida de que, para llegar a ser finalista o ganador de un premio tan importante a nivel literario y social, no bastaba con que tu obra perteneciese a la novelística española o hispanoamericana, sino que debías haber defendido, durante años, lo que sólo algunos afortunados, muy pocos, poquísimos, se pueden permitir; alzar la voz y proclamar: "escribo. Y escribo bien".
De origen venezolano, aunque con nacionalidad española, se jacta de tener mucho glamour (aún por discutir) pero poca vergüenza. Que esto no suene a envidia, por favor. Boris Rodolfo Izaguirre ha sido galardonado finalista del Premio Planeta 2007, con su novela Villa Diamante.
Señores, no sé a ustedes, pero a mí, hay veces en las que este mundo se me escapa de las manos. O del más claro raciocinio.
No obstante, mi esperanza, en cuanto al mundo literario se refiere, permanece invicta. Aún queda un hálito de ella que en ocasiones, en muy contadas ocasiones, en los días que me invade el sereno pero a la vez motivador esplandor de la inspiración, me susurra que no todo es lo que parece. Ojalá…
Ojalá y no me equivoque.
Ojalá y no me equivoque.
